Él sólo sonrió y me preguntó por Verónica.
Una vez más caigo al mismo papel. El que nadie quiere emplear. Ese de mejor amiga indeseada. Decir lo que siento no me sirve de nada, no importa cuántas veces lo repita. “Te quiero, te adoro, te amo.” ¿De qué vale? Nada cambia. Me ayuda a excavar mi tumba, cada vez más profunda.
“Gracias por entregarnos su resumé señorita. Aunque es todo, y mucho más, lo que buscamos, lamento decirle… me entristece informarle, que la plaza no está disponible para usted. Nos quedaremos con su resumé como referencia, sin embargo.”
Veronica, es tán parecida a mí. Podría ser mi prima, ¡mi hermana! ¡Y es tan chévere! Nuestro pelo es del mismo largo, mismo color. Estatura de cinco pies y cuatro pulgadas, pesamos alrededor de ciento cinto a ciento diez libras. Tal vez su busto sea más grande que el mío. Por supuesto, esa debe ser la razón por la cual él la quiere.
No puede quererme así, no, no a mí que he estado de su lado por más de cinco años. Yo, que sé todo de su vida. ¡Todo! El divorcio de sus padres, su lucha con el ácne, sus días con Amanda y hasta los problemas que tiene con sus movimientos intestinales. Yo, que le compré un peluche después de que su bicicleta decidió traicionarlo sobre la infernal brea de verano.
Pero ya basta de decirle lo que siento. Es mí día de resolución, y si esta vez no funciona, francamente puedo decirlo: “Mi nueva vida empieza en el día de hoy.”
¿Y él? Él sólo sonríe.
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