Friday, December 17, 2010

Colores

Cuanto más solo uno se siente más deseos le dan de hablar.

Y por desgracia estoy en esa situación esta noche.

No hay oído al que le confíe mi vida y mis pensamientos más profundos.

No hay color que valga la pena, pinte mi corazón.

A los tres años de edad fué rosado. Por mis cursilerías.

Seis años de edad, o algo así y mi corazón se pintó de amarillo, sólo por que de los Power Rangers mi favorita era la amarilla, aunque creo que era más azul, por que ese Billy estaba lindo. Siempre me gustaron con cerebro (excepto en la adolecensia).

Trece años y me pinté el corazón de fushia. Me sentía un macho, y cualquier cosa que me hiciera sentir linda lo aceptaría. Era tan y tan fea.

Catorce y me pinté el corazón violeta. No recuerdo porqué. Creo que era yo quién se auto-influenciaba.

A los quince el negro me pareció altamente atractivo. Se parecía al pelo de aquél nene, quien se interesó por mí por primera vez.

Cuando cumplí dieciseis el color rojo me inundó el corazón, pero se vació al cumplir los

diecisiete, que fué cuando el azul volvió a saludarme para quedarse en una esquina, de ser que otro color tratase de intervenir, que fué lo que pasó cuando a los dieciocho el verde nació y se esparció como una enrredadera sobre mi azul el cual ahogó esa planta a los

diecinueve y de nuevo comenzó la aventura de cielo y mar.

Pero a los veinte el verde comenzó a absorber este hermoso color... hasta ahora... mi corazón se ha quedado en blanco.

Simplemente dependieno de otro para ser pintado por que ya yo no puedo hacerlo sola.

Pero... no hay color que valga la pena, pinte mi corazón.

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